Paul Crutzen

Paul Jozef Crutzen (Ámsterdam, 3 de diciembre de 1933), químico holandés ganador del premio Nobel de química en 1995 por sus investigaciones sobre la incidencia del ozono en la atmósfera.

Nació en Ámsterdam en 1933 y en 1973, estudió ingeniería, en 1958 se establece en Suecia con su familia, trabaja en la Universidad de Estocolmo hasta 1974 y donde obtiene el título de doctor en Meteorología. Ha trabajado en la Universidad de Oxford, Inglaterra y en el “National Center for Atmospheric Research” (NCAR), Boulder, Colorado, en Estados Unidos. Desde 1980 es miembro de la Sociedad Max-Planck para el Avance de la Ciencia y Director de la División de Química atmosférica del Instituto Max-Planck, en Mainz Alemania y desde 1983 director ejecutivo de esta misma institución.

Activista en el campo de las ciencias ambientales ha contribuido, junto a Mario J. Molina y Sherwood Rowland, a la comprensión de la formación del agujero de la capa de ozono. Sus estudios sobre las sustancias contaminantes han permitido la comprensión del posible cambio climático que padece la Tierra, relacionada con la emisión de cloroflurocarburos o CFC y otros gases organohalógenos con un desplazamiento del equilibrio químico en la formación y destrucción del ozono estratosférico.

En 1995 fue galardonado junto a Molina y Rowland, con el Premio Nobel de Química por sus trabajos sobre la química de la atmósfera, especialmente sobre la formación y descomposición del ozono.

Reflexiones para Analizar ¿Podremos Sobrevivir al Antropoceno?
Por Prof. Paul Crutzen, Premio Nobel de Química 1995

Durante los últimos tres siglos, los efectos del ser humano sobre el medio ambiente global se han intensificado. Lo que es más importante, nuestras emisiones de bióxido de carbono podrían provocar patrones climáticos que se alejen significativamente de su curso natural durante muchos milenios.

Parece adecuado asignar el término “Antropoceno” a la actual era geológica, dominada de muchas formas por el ser humano, como complemento del Holoceno –el período cálido de los últimos 10-12 milenios. Podría decirse que el Antropoceno comenzó en los últimos años del siglo XVIII, cuando los análisis del aire atrapado en el hielo polar muestran el principio de las concentraciones globales de CO2 y metano. Esta fecha también coincide con el diseño de la máquina de vapor de James Watt en 1784.

Ya desde 1873, cuando el geólogo italiano Antonio Stoppani se refirió a la “era antropozoica” definida por “una nueva fuerza telúrica, que se puede comparar en poder y universalidad a las grandes fuerzas de la Tierra”, se observaba la influencia de la humanidad sobre el medio ambiente.

En 1926, V. I. Vernadsky reconoció de manera similar el creciente impacto del ser humano en “la dirección en la que deben avanzar los procesos de la evolución, a saber, hacia una mayor conciencia y reflexión y formas que tengan una influencia creciente en su entorno.” Vernadsky y Teilhard de Chardin utilizaron el término “noosfera” –el mundo del pensamiento—para señalar el creciente papel del poder del cerebro humano para configurar su futuro y su ambiente.

La rápida expansión del ser humano en términos de población y utilización per cápita de los recursos de la Tierra se ha mantenido a un ritmo acelerado. En los últimos tres siglos, la población se ha multiplicado por diez, hasta llegar a más de seis mil millones de personas y se espera que llegue a los 10 mil millones en este siglo. Como resultado, el ser humano explota actualmente entre el 30% y el 50% de la superficie terrestre.

Al mismo tiempo, la población de ganado productor de metano ha aumentado a 1.4 mil millones de cabezas. Eso contribuye al aumento de la tasa de destrucción de las selvas tropicales, con lo que se libera bióxido de carbono y se acelera la extinción de especies. La conversión de la tierra para pastoreo (y construcción) y cultivo también ha causado que el suelo se erosione a un ritmo 15 veces más rápido que su tasa natural. En efecto, a su ritmo actual, la erosión antropogénica del suelo llenaría el Gran Cañón en 50 años.

Igualmente, la construcción de presas y la desviación de ríos se ha vuelto común a medida que el consumo de agua del ser humano se ha multiplicado nueve veces en el último siglo, hasta el punto que la humanidad utiliza ahora más de la mitad de toda el agua potable disponible –aproximadamente dos tercios de la cual se dedica a la agricultura. La pesca elimina más del 25% de la producción primaria en las regiones de afloramiento de los océanos y el 35% en la plataforma continental templada.

Además, el uso de la energía ha crecido 16 veces durante el siglo XX, lo que ha generado emisiones de 160 millones de toneladas de bióxido sulfúrico atmosférico al año –más del doble de las emisiones naturales totales. Igualmente, se aplica más fertilizante de nitrógeno en la agricultura que el que se fija naturalmente en todos los ecosistemas terrestres, y la producción de óxido nítrico proveniente de los combustibles fósiles y la biomasa también supera las emisiones naturales.

Por supuesto, al mismo tiempo el consumo de combustibles fósiles, junto con nuestras actividades agrícolas, ha causado aumentos sustanciales en las concentraciones de gases de “efecto invernadero” – del 30% en el caso del CO2 y de más del 100% en el del metano. En efecto, estas concentraciones son más elevadas que en cualquier momento de los últimos 400 milenios y seguirán aumentando porque hasta ahora sólo el 25% de la población mundial ha provocado en gran medida esos efectos.

Las consecuencias son numerosas y profundas: precipitación ácida, “esmog” fotoquímico y calentamiento global, entre otras. De esta manera, según las más recientes estimaciones del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés), la tierra se calentará entre 1.4 °C y 5.8 °C en este siglo. Muchas sustancias tóxicas se liberan en el ambiente, incluso algunas que no son tóxicas pero sí altamente dañinas -por ejemplo, los clorofluorocarbonos (que ahora están regulados) que causaron el agujero en la capa de ozono de la Antártida.

Las cosas podrían haber sido mucho peores: desde mediados de los años 1970 se han estudiado las propiedades destructoras del ozono de los halógenos y se ha determinado que si el cloro hubiera reaccionado químicamente como el bromo, el agujero en la capa de ozono habría sido para entonces un fenómeno global permanente, no sólo un evento de la primavera de la Antártida. Por suerte, y no por prudencia, esta catástrofe no ocurrió.

A menos que suceda una catástrofe global –el impacto de un meteorito, una guerra mundial o una pandemia- el ser humano seguirá teniendo un impacto importante en el ambiente durante miles de años. Por tanto, los científicos e ingenieros se enfrentan a una tarea titánica en el Antropoceno: guiarnos hacia un manejo ambiental sostenible. Ello requerirá una conducta humana adecuada a todos los niveles, y podría requerir de proyectos de geoingeniería a gran escala, aceptados a nivel internacional, para “optimizar” el clima. Pero en esta etapa, todavía estamos en gran parte en tierra incógnita.